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Leyendas de Montoro
 
Estas son algunas de las leyendas que os transmitimos para que podáis conocer “Casa El Obrador” y su entorno en Montoro de Mezquita:
 
Leyenda del Agua
 
Excursión a la Hoya Serval de Montoro de Mezquita
 
Leyenda de Los Organos
 
Leyenda de El Guardian del Valle
 
Leyenda de la Peña Roya
  Leyenda de la Ermita de San Pedro  
Leyenda de la Cueva de la Mora
 
Leyenda del Pozo de la Era
  Leyenda de Valloré  
 
 
 
 
 
 
Leyenda de AGUA
 
Excursión a la Hoya Serval de Montoro de Mezquita
 

Hace mucho, mucho tiempo, mucho antes de que los hombres y las mujeres empezáramos a habitar la tierra, los Duendes de la Naturaleza llegaron a ella para llenarla de vida.

Fueron muchos los que llegaron y trabajaron poco a poco dotando a cada lugar de este planeta de árboles, plantas, animales, oxígeno, hongos, lagos, ríos o mares.....

Cuando todo el trabajo estuvo hecho, lo celebraron con una gran fiesta, disfrutando de la obra que habían creado.

Cuando acabó la celebración decidieron emprender viaje por la Tierra y elegir cada uno un lugar mágico donde vivir. Así los Duendes se separaron y cada uno se comprometió a defender el lugar que eligiera para vivir.

Se despidieron con un gran dolor, pues sabían que no volverían a verse, pero con la ilusión de emprender una nueva tarea.....aunque sabían que no resultaría fácil.

Cada uno viajó por distintos lugares, AGUA el duende de los ríos, viajó y viajó; Todos los ríos y riachuelos que encontraba le parecían el lugar ideal para quedarse a vivir y defenderlo de cualquier amenaza. Pero siguió viajando, pues quería conocerlos todos, para no tener la menor duda de que su elección era la correcta.

Viajó durante días, meses hasta que llegó al último lugar que le quedaba por visitar. Era un valle por el que transcurría un río de aguas limpias y oxigenadas. Era un río de montaña, con un bosque de ribera precioso. Encontró una zona en el río que era muy tranquila "un remanso de paz". La seguida de una poza, una cascada, otra poza y otra cascada.

Lo vio y de inmediato se enamoró de su nuevo hogar. Conoció a sus vecinos: la Nutria, el Martín Pescador, el Mirlo Acuático, la Cabra Montés y el Buitre Leonado, y se hicieron grandes amigos.

AGUA comprendió que las cosas no se aman si no se conocen. Por tanto, ideó un plan para con los humanos que ya estaban habitando el planeta.

Subió a una montaña que se llama La Peña del Campo, que observa el transcurso del río. Le explicó su idea, le pidió que le diera un trozo de su roca. La bajó hasta el río y la depositó al lado de la última de las cascadas. Pulió la parte más alta de la misma hasta dejarla lisa.

Y convirtió aquel lugar en un santuario… el sitio donde si prestas atención cuando llegas a los Chorros en el río Guadalope te puedes tumbar en la roca que AGUA pulió y observar al Mirlo Acuático entrando en su nido, al Martín Pescador esperando a alguna presa, a la Nutria tirándose por alguno de sus toboganes, al Buitre mirando desde la Peña del Campo o al Cabra Montés bajando a beber agua al río Guadalope en los Chorros de Montoro de Mezquita.

 
Leyenda de La Hoya Serval
 
Excursión a la Hoya Serval de Montoro de Mezquita
 

Cuando ya está recogidas las cosechas,
cuando en los pueblos los hombres van acabando las fiestas.

Cuando el sol decide dar tregua a los campos y calentar menos,
cuando la luna comienza a pasar más tiempo viéndonos.

Cuando el verano acaba
es cuando yo empiezo.

Soy el Otoño y mi tarea consiste en dar tregua a la tierra,
en poner calma, en preparar la siesta, en dar tranquilidad a la Naturaleza.

Y salgo con mi capa y voy cubriendo la sierra, los valles, los campos, los llanos y las estepas.

Y todo empieza a relajarse,
a tener movimientos lentos, a cerrar los ojos, a aletargarse.

Los últimos frutos comienzan rápido a preparar sus azúcares que harán gozar el paladar de los visitantes.

Con mis amigas las nubes voy de viaje por toda esta tierra y me recreo bañando sus entrañas sedientas.

Y en agradecimiento las setas….
van ofreciendo una lista de lo más selecta.

Cuando todo el trabajo más duro va viendo el final del camino,
es el momento más divertido.

Y me pongo mi bata y saco mi paleta,
las pinturas,
los pinceles,
las brochas,
las acuarelas.

Y pinto en el lienzo de esta tierra nuestra,
los amarillos,
los naranjas,
los ocres….

Es divertido cambiar la vestimenta.

Y cuando ya estoy exhausto de tanto trabajo, de tanta creatividad…
me voy a mi casa para descansar.

Y en lo alto de esta muela veo el atardecer
y me voy satisfecho para dormir bien.

Mañana me toca dar color a mi casa.

Cuando me levanto desde este alto,
veo Montoro bañado por el Guadalope.

El camino sube hasta mi morada,
en la Peña Roya está mi masada.

Y preparo con cariño y con esmero
la gama de colores que yo más quiero.

Y pinto con cuidado y pinto con amor
La Hoya Serval la pinto con dedicación.

 
Leyenda de Los Órganos
 
Excursión a la Hoya Serval de Montoro de Mezquita
 

Hace muchos, muchos años, cuando esta era una tierra que comenzaba a poblarse y estaba azotada por las guerras, cuando la vida tenía menos valor que la de cualquier animal de corral o silvestre, vivía en Montoro, bien asentada, la familia Romanz que compartía su poder y sus haciendas con la familia Villariaga.

El Señor Arturo de Romanz tenía una dulce y bella hija que se llamaba Guadax, por otra parte, como no podía ser de otra manera, el Señor Marcial de Villariaga tenía un hijo, Silvano, algo mayor que Guadax.

Guadax era todo ternura, sus grandes ojos de color de miel expresaban toda la dulzura que en ella había; se emocionaba con los cantos de los pájaros, con la floración de la primavera, con los amaneceres, los atardeceres o con cualquier muestra de vida. Y sufría con el dolor ajeno, con las injusticias o con cualquier muestra de maldad.

Silvano en cambio era un hombre cruel y perverso que disfrutaba imponiendo y abusando del poder que su familia tenía.

Guadax disfrutaba con la música, Silvano con el ruido de las espadas en la guerra.

Le gustaba a la chica caminar hasta el Molino de las Herrerías donde vivía el molinero, Martín, un hombre sencillo, bueno y honesto, que poseía una dulzaina y cada vez que llegaba Guadax la hacía sonar aguas debajo de su molino, donde en algunas ocasiones se les hacía casi de noche con la compañía de los lobos que disfrutaban del sonido extraordinario que de ese instrumento salía. Ni que decir tenemos que Martín amaba profundamente y en silencio a esa muchacha dulce y sensible.

Desafortunadamente Guadax fue creciendo y se volvió la mujer más bella de aquel territorio, Silvano, un ser egoísta y envidioso, quería a Guadax por esposa, necesitaba no solamente ser temido por su maldad, sino que también envidiado por tener la más bella mujer de todas las tierras.

Una noche el Señor Arturo de Romanz llamó a su hija al gran salón de la casa y le anunció que había pactado con la familia Villariaga que sus haciendas se unirían por la unión matrimonial que iba a contraer con Silvano.

De nada sirvieron las suplicas que la pobre Guadax imploró a su padre, de nada sirvió todas las lagrimas que derramaron sus ojos, de nada sirvió las amenazas de quitarse la vida si seguía adelante con esa espantosa proposición. Su padre estaba decidido y nada podría hacerle cambiar de opinión, Guadax sabía con seguridad que aquella atrocidad se iba a cumplir, así que asumió amargamente su decisión y se retiró a sus aposentos a dormir.

El golpe emocional fue tan duro que la bella joven no podía pensar, su cabeza le daba vueltas, se encontraba tan mal….

Después de varias horas en las que no podía dormir decidió darle un giro a su vida, así que se deslizó silenciosamente por la ventana de su habitación y emprendió el camino del río que le llevaría al molino de las Herrerías, las lagrimas rodaban por sus blancas mejillas, el corazón se agitaba contra su menudo pecho, sus pies tropezaban con cualquier cosa que encontraba en la senda. Bien entrada la madrugada llegó al molino y golpeó casi sin fuerzas la puerta; al cabo de unos segundos interminables Martín descorrió el pestillo de su casa con un tedero en la mano y encontró a la mujer de su vida, derrumbada sobre el suelo de la entrada. Su corazón se agitó de angustia pues sabía que algo horrible le había sucedido, la cogió entre sus brazos y la tumbó sobre una manta en el suelo junto a la chimenea que aun estaba encendida, le preparo un poleo bien caliente y la observó sin decir una sola palabra.

Cuando Guadax recuperó un poco las fuerzas, comenzó a contarle lo que le había sucedido y que es lo que quería de él. Martín en ese momento deseo no haber nacido. ¿Cómo podría llevar a cabo aquella terrible petición?, pero al mismo tiempo sabía que era la única salvación que su amada tenía.

Después de varios minutos de silencio sepulcral, Martín se fue a su habitación, cogió su dulzaina, una manta, el cuchillo de la cocina y cogió con dulzura la mano de Guadax. Salieron del molino sin cerrar la puerta.

La luna estaba llena e iluminaba el camino a “su lugar mágico”, los dos caminaban juntos cogidos de la mano, en silencio, destrozados.

Cuando ya se encontraban en el lugar en el que tantas veces habían sido felices… hablando, escuchado la música o simplemente mirándose; se sentaron uno al lado del otro, se besaron con un dulce y largo beso, Martín sacó el cuchillo de cocina y con las lágrimas ahogándole el pecho lo clavó en el corazón de Guadax que murió con una sonrisa entre sus brazos.

La tapo con la manta y espero, tocando la dulzaina para su amada, a que llegaran las dos familias que habían destrozado su vida. Miraba a su alrededor y como en los buenos tiempos los lobos escuchaban cerca de él la sinfonía.

Era ya medio día cuando se presentaron las familias Romanz y Villariaga, Martín no dejó de tocar, el Señor Arturo de Romanz no daba crédito a lo que sus ojos veían y lloró amargamente por la sentencia de muerte que había dictado sobre su hija; mientras Silvano de Villariaga cegado por la ira de no poder tener a la mujer más bella de todas las tierras, desenfundó rápidamente su espada y de un solo golpe seccionó la cabeza del cuerpo de Martín.

Hubo un silencio sobrecogedor en todo el valle y ante el asombro de todos el cuerpo de Guadax fue convirtiéndose en líquido hasta llegar al río donde se convirtió en agua y aumento el caudal, mientras que el cuerpo de Martín con su dulzaina en la mano se transformó en roca que creció y creció hasta hacerse montaña. Los lobos bajaron de inmediato a beber agua del río y los tres hombres corrieron despavoridos.

Desde aquel momento la montaña que un día fue Martín, hoy conocida por Los Órganos, en las noches de luna llena suena la melodía que le tocaba a su amada y el río se llamo Guadalope en memoria a Guadax y porque los lobos (lope) bajaban a beber. “El Río de los Lobos”

 
Leyenda de El Guardián del Valle
 
Excursión a la Hoya Serval de Montoro de Mezquita
 

En la entrada del valle de Montoro de Mezquita, a unos pocos metros del túnel, junto al lado izquierdo de la carretera, en la margen izquierda del río Guadalope, se puede ver la figura petrificada del busto de un hombre; esta figura perteneció al “Guardián del Valle”.

Nos tenemos que remontar a los tiempos en los que los magos, las brujas y otros seres mágicos habitaban nuestro planeta, para conocerlo.

Eran tiempos felices para el valle de Montoro de Mezquita, los magos que aquí vivían eran seres honrados y buenos, la naturaleza les había ofrecido un valle mágico para vivir, en el que encontraban cubiertas con creces todas las necesidades que tenían, además el corazón de sus habitantes era limpio y no tenía maldad.

La vida transcurría en paz ocupándose cada uno de sus quehaceres y preocupándose del estado de los demás habitantes.

La fama del valle recorrió todo el planeta y en cualquier punto del mundo se conocía la vida idílica de sus habitantes.

Un día llegó al pueblo de Montoro de Mezquita un brujo que venía de la otra parte del mundo. Habló con el “Guardián del Valle” o mago superior y le pidió permiso para instalarse en el valle como uno más .

Reunidos todas las autoridades, decidieron darle una oportunidad al nuevo brujo para que formase parte de su comunidad.

Amaín que así se llamaba el “Guardián”, comunicó a Yasán que había sido admitido y que lo único que se le pedía era que fuera honrado, sincero, noble y buena persona. Así el valle podría seguir siendo lo que era.

Yasán se integro muy bien en el pueblo y en muy poco tiempo fue uno más, compartió con sus habitantes su cultura y sus conocimientos, sus pócimas y sus elixires. Pero lo que no compartió fue su gran secreto.

Yasán venía de tierras lejanas de Oriente donde había dejado atrás a una bruja bella, pero malvada, llamada Tayán, que estaba ciegamente enamorada del él. Yasán no podía corresponderla por la maldad que había en el corazón de Tayán. Intentó muchas veces con su magia cambiar su corazón, pero Tayán tenía más magia que él y nunca lo consiguió.

Desesperado por la angustia en la que vivía y conociendo la fama que precedía al valle de Montoro, Yasán decidió cambiar de vida y huyó de la bruja.

El tiempo transcurría feliz en el valle, pero el corazón de Yasán se encontraba triste porque no había respetado uno de los requisitos para vivir en Montoro de Mezquita.

Una fría tarde de invierno cuando Amaín se encontraba recolectando plantas para los elixires de la salud encontró a Yasán junto al río llorando tristemente. Se aproximó a él, colocó suavemente su mano en el hombro derecho y le dijo:

- Sé por qué lloras, y sé que lo que más te aflige es que no has sido sincero con nuestra comunidad, pero cuando tengas el valor de decirlo entonces yo podré ayudarte, porque la mujer que te ama no tardará en llegar.
- ¿Cómo puedes saber todo si vengo de tan lejos y no sabías nada de mí?, le preguntó Yasán.
- A lo que Amaín respondió: Solo hay que mirar en el corazón. Y lo dejó meditando en el río.

Pasaron los días y una noche en la que estaba cayendo una copiosa nevada Yasán fue a la casa del concejo donde estaban reunidos los magos más importantes del valle y allí, al calor de la gran chimenea azul, les contó, apenado por no haberlo hecho antes, el relato de su vida y cómo había tenido que huir de la malvada bruja que lo quería como esposo. Los magos lo miraron con compasión y fue Amaín el que tomo la palabra.

- Imaginamos el dolor de tu corazón, y nos entristece profundamente que haya alguien en el mundo que sufra, nosotros no sabemos lo que es pues aquí toda la comunidad nos respetamos mutuamente. Has demostrado ser un hombre bueno y formas parte de nuestra comunidad, por eso te aseguro que en nuestro valle no vas a sufrir ningún daño.

Cada uno de los que estaban allí presentes con el corazón encogido compartiendo la angustia del pobre Yasán se fue para su casa, todos menos Amaín que como cada noche desde que llegó Yasán iba a la entrada del valle para guardarla.

Amaín sabía que había llegado la noche en la que se tenía que enfrentar a la fuerza del mal. Se sentó a unos pocos metros de la salida del túnel, la nieve disminuía la visión. Pero un poco antes de la media noche vislumbró una figura femenina que se acercaba a él. Era una joven esbelta, rubia, con ojos verdes, la forma de caminar era suave, como si sus pies casi no tocaran la nieve y cuando la tuvo enfrente se sintió tremendamente atraído por la sonrisa sensual.

- Tayán, dijo, sé porqué estás aquí, has venido a un valle de paz donde todo el mundo convive en armonía y Yasán no te corresponde. Te pido por favor que te vayas.

Pero Tayán se le acercó aún más y el pobre Amaín no podía resistirse a su sensualidad. Sacando fuerzas de lo más profundo de su ser le volvió a pedir:

- Tayán por favor vete y deja a Yasán vivir feliz. Las palabras salían de su boca con gran esfuerzo, arrastrándose, sin convencimiento.

Tayán lo miró fijamente a los ojos y le dijo:

- Podrías, si quieres, ser el hombre de mi vida, podríamos ser invencibles con tu fuerza y la mía, acércate y bésame.

Amaín se moría de ganas por besarla, nunca había visto antes una mujer tan hermosa y sensual, pero sabía que era una estrategia para quitarlo de en medio y conseguir su objetivo con Yasán.

Amaín se acercó a ella para besarla pero en el mismo momento en la que sus labios casi se rozaron la empujó hacia el río para que cayera al vacío. Justo en ese momento Tayán le lanzó un maleficio.

- Querías ser el Guardián del Valle, pues lo serás por el resto de los siglos convertido en piedra.

Justo en el momento en el que la malvada bruja Tayán cayó al río, que se la tragó, el pobre Amaín se petrifico para siempre.

 
Leyenda de La Peña Roya
 
Excursión a la Hoya Serval de Montoro de Mezquita
 

Me llamo Uso y vivo en lo alto de una montaña muy especial, es de roca roja, aunque cuando bajo al valle a buscar bayas desde allí se ve en la parte alta una mancha blanca que discurre hacia abajo, parece que le ha nevado encima.

En esta montaña hay una gran cueva que nos proporciona abrigo a los cuarenta y dos miembros de la comunidad. Es una cueva confortable al abrigo del frío, aunque tenemos un poco de humedad, pues cae algo de agua que forma como unas columnas en el interior, pero así no tenemos que desplazarnos a por agua.

Hoy hemos salido por la mañana todos los hombres de la comunidad. El que vigila la caza nos ha avisado que ha visto una manada de ciervos cerca del barranco. Las mujeres se han quedado en la cueva preparando el fuego, pero los ciervos han sido más listos y no hemos podido alcanzarlos, aunque hemos llegado de noche al refugio.

Los hombres hemos pasado la mañana preparando las puntas de flechas para la próxima jornada de caza. Los niños recogían unas plantas que nos gustan mucho que se llaman “tucas” y que las mujeres preparan ricamente con unos huevos de pájaro. En la tarde he ido al canto de la “Piedra Roja” y observaba a los toros que hay en la montaña del otro lado del valle.

Hoy el vigilante ha vuelto a ver la manada de ciervos, esta vez hemos sido más silenciosos y hemos logrado dar caza a dos hembras y una cría. Cuando hemos llegado a nuestra morada hemos recibido las felicitaciones de la tribu. Las mujeres nos ponían por encima pieles de otros animales que ya habíamos cazado antes, esto se hace para que los espíritus de los animales nos guíen a sus manadas en la próxima cacería. Los niños nos cogían nuestras lanzas y flechas para evocar a nuestros espíritus y que los conviertan en grandes cazadores. A la tarde hemos quitado la piel a nuestras presas y mientras los hombres las cortábamos a pedazos, las mujeres limpiaban las pieles para convertirlas en mantas o ropas que llevamos puestas. Los niños mientras tanto prestaban atención a nuestras labores para aprender. En la noche todos juntos, al calor de la hoguera, hemos comido carne puesta en el fuego. Ya hacía mucho que no la comíamos… los rebaños son cada vez más escasos.

Hoy no hace falta buscar nada, pues tenemos abundante carne, hierbas ricas y también sabrosas bayas.

Con la sangre que recogí de las ciervas y algo de tierra les explico a los más pequeños de la tribu como es una jornada de caza y les dibujo en la pared como nos aproximamos al animal. Se trata de una tarea agotadora, pues los pequeños tienen muchas preguntas que hay que responder.

En la mañana nos hemos despertado con un susto: la cueva se movía y no sabemos por qué. Nuestra morada se ha dañado un poco, ha aparecido alguna grieta que me preocupa. Por la tarde, una de las mujeres se ha puesto de parto, la nueva criatura es una hembra y está muy gorda. En la noche, los lobos se han acercado hasta la cueva, han debido de oler a la nueva criatura, pero gracias al fuego que hemos dejado en la entrada no se han atrevido a entrar.

A media mañana, cuando me encontraba mirando al valle desde la “Piedra Roja”, la tierra ha empezado a moverse otra vez, pero hoy ha sido con más fuerza, casi no me tenía de pie. Cuando todo ha pasado he corrido hasta la cueva y me he encontrado con lo que me temía. Parte de nuestro refugio se ha desprendido de la roca y nos hemos quedado con un buen trozo al descubierto. Por la noche los hombres de la tribu nos hemos reunido y como jefe me han pedido consejo.

La noche ha sido muy larga, he estado toda la noche sin poder dormir, pensando en nuestro futuro. Hay una idea que me ronda por la cabeza desde hace días, pero no me atrevo a comunicarlo a la tribu, pues no sé si es lo que más nos conviene y esta duda me hace pensar que no soy un buen jefe, pues si lo fuera sabría lo que tengo que hacer con mi tribu.

Mi idea es bajar al valle donde no tendríamos tanto frío, las manadas de los toros las tendríamos más cerca y también las bayas y el agua de ese río caudaloso. Pero en mis excursiones al valle no he encontrado ningún refugio donde meternos y además no está bien abandonar a los espíritus de nuestros antepasados. No sé qué hacer ni qué decirle a mi tribu. Hoy he estado todo el día meditando en el canto de la “Piedra Roja”.

A la mañana, la mujer que comparte conmigo el lecho, me ha preguntado qué es lo que pensaba hacer. Yo le he contado mi preocupación y ella se ha ofrecido a bajar al valle conmigo para darme su opinión. Hemos estado todo el día juntos, viendo cada rincón del valle. Me ha dicho que podríamos bajar a vivir aquí, es más cálido, hay más alimento y abundante agua. Además, con el barro, me ha dicho que las mujeres que son más habilidosas que nosotros, podrían fabricar alguna especie de abrigo y que por los antepasados no nos tenemos que preocupar, pues ellos nos guiarán desde el alto de la montaña. Esta noche creo que voy a dormir mejor.

A primera hora de la mañana he reunido a la tribu y les he explicado la imposibilidad de seguir viviendo aquí y que tenía la solución de bajar al valle. Los más ancianos no lo han visto con buenos ojos pero tienen que obedecer al jefe. Les he ordenado que recogieran nuestras pertenencias y que estuvieran listos para bajar cuando el sol estuviera en lo más alto.

Cuando emprendíamos la salida hacia el valle un nuevo temblor de la tierra ha sacudido nuevamente la montaña. Esta ha sido la más fuerte de todas, algunas mujeres, los ancianos y todos los niños han caído al suelo. La nueva criatura ha muerto del golpe. Nuestra cueva ha desaparecido, ahora es sólo un abrigo donde se pueden ver mis pinturas de caza.

Hemos pasado la primera noche en el valle, sin cubierto, pero no hemos pasado frío.

Los hombres nos hemos ido al monte donde están los toros y hemos cazado uno de gran tamaño. Las mujeres han empezado a construir pequeñas chozas donde estar a cubierto, mientras los niños se han acercado al río y han conseguido frutos y bayas. Me han dicho que esas tierras son buenas.

Esta va a ser nuestra nueva morada y se va a llamar “Monte Toro”.

 
Leyenda de la Ermita de San Pedro
 
Excursión a la Hoya Serval de Montoro de Mezquita
 

Quiero contaros mi historia. Soy la ermita de San Pedro de la Roqueta. Tengo muchos años, tantos que ya he perdido la cuenta de cuantos son. Pero eso no es lo importante, lo importante es que tengo una larga y bonita historia que contar.

En los tiempos en los que se pierde la memoria hubo una vez un pequeño pastor que vivía en el pueblo de Montoro de Mezquita y que le gustaba acercarse hasta donde a me edificaron.

Era un zagal vivo y bueno que vivía en el seno de una familia humilde. Tenía unas pocas ovejas y como la zona del valle más rica en pastos la tenían otras familias con más cabezas de ganado, él pacentaba esta zona que estaba más lejos del pueblo.

Cada mañana, en lugar de ir a escuela, cogía sus ovejas y salía al monte para ayudar a sus padres. El pastorcico era muy creyente y siempre estaba pensando en los Santos. Tan fuerte era su fe, que un día junto a una roca (roqueta) descubrió una sima. Y de esa sima salió el mismísimo San Pedro.

El pastorcico no daba crédito a lo que veía, bajo al pueblo y explico lo que le había sucedido. De inmediato se personaron todas las autoridades en este lugar y decidieron comenzar a edificarme. Los trabajos duraron varios años, pero al fin me acabaron, me pintaron ricamente con los apóstoles y colocaron una talla del Santo en mi interior.

Comenzó así una gran tradición en la que los habitantes de Montoro de Mezquita celebraban en romería el veintinueve de junio, el preciso día en el que San Pedro se presentó al joven pastor.

Pasaron los años y cada veintinueve de junio venían a visitarme puntualmente. Pero no solamente me visitan en romería, sino que cada vez que una pareja se casaba subía hasta mí para que el Santo les diera su bendición. Cada vez que necesitaban un favor, subían hasta mí para pedirle al Santo. Cada vez que necesitaban rogar por la cosecha los volvía a ver pidiendo el favor al Santo. Fue tanta la devoción que incluso llegué a tener la compañía todos los días de un santero que edificó su casa a mi lado y nos cuidaba al Santo y a mí.

Qué buenos momentos fueron aquellos….

Pasaron muchos años más, cuando llegó una época de tremenda sequía, los campos se agotaban, las fuentes se secaban, los rebaños morían de sed. La población estaba desesperada.

Un día siete hombres de Villarluengo decidieron ir a pedirle favores al Padre Santo de Roma para que intercediera por esta zona afectada por la sequía y cogieron sus cuatro cosas y comenzaron su larga caminata a Roma.

Después de muchos meses caminando llegaron a su destino y les concedió audiencia el Padre Santo. Expusieron su petición y el Padre Santo después de reflexionar les encomendó que fueran a la ermita de su pueblo vecino y le pidieran a San Pedro de la Roqueta el favor que necesitaban. Así que estos siete peregrinos emprendieron el camino de vuelta a casa.

Llegaron hasta mí el día de San Marcos exhaustos por el cansancio. Le pidieron al Santo que enviase el agua para salvar los campos, el ganado y la gente. Que gozo cuando , en el mismo altar, ya escuchaban los ruidos de la tormenta que se avecinaba. Uno de los peregrinos yació allí mismo y los demás emprendieron el camino de vuelta a casa. El resto de los compañeros fue muriendo, uno a uno, por el camino de Montoro de Mezquita a Villarluengo. Pero su esfuerzo no fue en vano pues el agua llegó acabando con aquella terrible sequía.

Desde entonces se celebra una romería en honor a estos peregrinos el sábado siguiente al veinticinco de Abril, en la que vecinos de Villarluengo salen de su pueblo vestidos con capas antiguas de paño y emitiendo unos canticos antiguos en latín. En cada uno de los lugares donde falleció uno de los peregrinos lanzan una piedra en su memoria. Llegan hasta mí y allí se juntan con los vecinos de Montoro de Mezquita. Rezan al Santo y comparten una jornada en la que se cocinan judías con arroz para todos los visitantes. Cuando finaliza la fiesta, cada uno regresa a su pueblo y los habitantes de Villarluengo entran a su pueblo con las antorchas encendidas como cuando, en su día, fueron a buscar a los peregrinos.

 
Leyenda de la Cueva de la Mora
 
Excursión a la Hoya Serval de Montoro de Mezquita
 

Era en los años en los que el Cid Campeador recorrió estas tierras del Sistema Ibérico de Teruel camino de su exilio a Valencia, tierra poblada por los árabes.

Entonces la climatología era muy dura, especialmente en invierno y las nevadas se sucedían a lo largo de los días.

Avanzar por los quebrados senderos del Maestrazgo era difícil pues la nieve llegaba a las caballerías más arriba de la panza.

En esta época es donde comienza nuestra historia….

Cansados y agotados de recorrer esta tierra fría, el Cid y todos sus caballeros encontraron la entrada a un valle perdido. Se dirigieron a él para buscar refugio de aquel frío polar que azotaba la zona.

Hicieron la entrada por el valle, tomaron la senda que transcurría por encima del río y cuando estuvieron bajo una cueva escucharon el dulce y suave canto de una mujer.

Cuando llegaron a la aldea de Montoro de Mezquita encontraron la hospitalidad que buscaban y se alojaron en la única posada que había.

Allí descansaron durante varios días al cuidado de una joven llamada Fátima, que les servía las comidas, las cenas y los desayunos.

Aunque el trato era bueno, todos los hombres del Cid anhelaban seguir haciendo su ruta.

Una tarde, Anselmo, uno de los más valientes caballeros del Cid, observo que la joven Fátima salía del pueblo dirección al río. Siguió sus pasos hasta la cueva donde había escuchado los canticos de mujer el día que entró al valle con su Señor.

Se quedó escuchado y oyó los lamentos de las mujeres que allí se encontraban. Sin pensarlo dos veces entró y descubrió a Fátima y una mujer bella como una flor.

Conversaron durante mucho tiempo y Zoraida que así se llamaba esta bella mujer le contó que el emir de aquellas tierras la había repudiado y la obligaba a cantar todos los días para que todo el mundo supiera que allí vivía la repudiada del emir y que si intentaba huir la buscaría y acabaría con su vida.

Desde aquel día Anselmo iba con Fátima todas las tardes a visitar a Zoraida, le llevaba comida, ropa limpia, algún dulce pero sobre todo comprensión y poco a poco amor.

Aquella montaña, las paredes de aquella cueva, los árboles, los animales, los manantiales; fueron testigos de un sincero y ferviente amor.

La climatología empezó a dar un respiro y ya habían pasado dos semanas sin nevar, cuando Anselmo le propuso a Zoraida escapar de aquel cautiverio.

La joven le dijo que no. No quería perjudicarle, sabía que el emir pasaba todos los días por allí y si no escuchaba su voz los perseguiría y los mataría, además Anselmo se debía a su Señor.

Pero el amor del valiente caballero no se dio por vencido y una madrugada se presentó en la cueva, la subió a su caballo y desaparecieron camino de otras tierras lejanas en las que pudieran vivir plenamente su amor.

Para evitar que el emir notara la ausencia de la joven, la montaña los quiso ayudar y desde entonces el agua de los manantiales que hay próximos a la “Cueva de la Mora” imitan su voz.

Mientras el Cid Campeador buscó por todos los lados a su valiente caballero, pero nunca jamás se supo nada de él. Por lo cual el Cid lloró amargamente su desaparición.

 
Leyenda del Pozo de la Era
 
Excursión a la Hoya Serval de Montoro de Mezquita
 

Como todo el mundo sabemos por los cuentos que hemos leído de pequeños, cuando un Gnomo o un Hada se mueren, solo muere su cuerpo pues su alma se transforma en un árbol especial, o de gran tamaño, o en árbol singular.

Pues bien, lo que aquí os voy a contar es ni más ni menos una historia sobre los Gnomos y las Hadas de Montoro de Mezquita.

Los Gnomos y las Hadas no se diferencian mucho de nosotros los humanos, para ser sinceros, solo tienen dos grandes diferencias; una como bien os habéis imaginado es la estatura y la otra la bondad que existe dentro de su ser (nunca encontraréis un Gnomo o una Hada mala).

En Montoro de Mezquita vivía un Gnomo llamado Samuel, era un Gnomo joven e inquieto, había muchas cosas que le gustaban, como hacer pequeñas herramientas para los talleres de cualquier materia, los campos de cultivo o cualquier otra manualidad. También le gustaba mucho hablar con sus amigos, en especial con Sabrina “el Hada de la amistad”.

Pero lo que más le gustaba era pasar largas horas contemplando la Naturaleza.

Se entusiasmaba con los cambios de estaciones, con la floración de la primavera, con la maduración de los frutos en verano, con el cambio que tienen los árboles en el otoño y con el letargo del invierno.

Conocía bien las plantas y sus propiedades curativas que aplicaba a todo aquel que lo necesitara.

Pero lo que más, más le gustaba era bajar al lugar más tranquilo del río y contemplar el paso del agua.

A menudo Samuel y Sabrina se pasaban largas horas en este lugar conocido como “Pozo de las Eras”. Horas en las que jugaban a un sinfín de juegos, el que más les gustaba practicar era el de intentar tocar el agua arqueándose a cierta distancia del río. En otras ocasiones, las horas las empleaban en largas conversaciones en las que a menudo Samuel le expresaba a su amiga la atracción que sentía por ese lugar y le transmitía su deseo de quedarse algún día allí para siempre. Sabrina le escuchaba y compartía con él aquella atracción por ese lugar especial.

Los años pasaron siendo grandes amigos y Sabrina y Samuel se hicieron muy, muy, muy mayores.

Llego el momento de que sus cuerpos dejaran ya la tierra y se convirtieran en árboles. Meditaron juntos el lugar donde iba a suceder y los dos cogidos de la mano bajaron hasta el río; llegaron a aquel lugar donde siempre les había gustado estar y se pusieron a jugar a tocar arqueados el agua a cierta distancia del río. Poco a poco, los dos cuerpos se convirtieron en chopos que juegan a tocar con sus ramas el cauce del río.

A algún Gnomo y a alguna Hada más, la idea de estar con ellos les gustó por eso cuando llegas a hacer tu baño al “Pozo de la Era” en la pequeña playa de arena que hay, encuentras unos cuantos chopos que tienen una curiosa arqueación hacia el Río Guadalope. Ahora tú ya sabes el por qué.

 
Leyenda de Valloré
 
Excursión a la Hoya Serval de Montoro de Mezquita
 

El dios Valloré vivía en una zona cercana a un caudaloso río que en épocas de avenidas por los deshielos se cobraba la vida de más de un mortal.

Valloré era el dios de la belleza y de la ternura.

Un día en el que este dios paseaba plácidamente a orillas del río, presintió que se avecinaba una gran avenida. Subió a lo alto de un cerro para contemplar la majestuosidad de la bravura del agua. Miró a su izquierda y al cabo de unos minutos vio como se iba acercando una gran lengua de agua que lo arrasaba todo a su paso.

Sus ojos avanzaban impotentes al mismo tiempo que lo hacía el río viendo toda la destrucción que iba dejando a su paso.

El río creció varios kilómetros a ambos lados en pocos instantes y en su recorrido al batirse levantaba una gran nebulosa de agua en suspensión.

Valloré estaba nervioso, no sólo por el tremendo espectáculo que estaba viendo, sino porque tenía un extraño presentimiento que no podía identificar. El estómago se le había encogido hasta reducirse al tamaño de una nuez, el corazón le golpeaba tan fuerte el pecho que creyó que se le iba a salir, su garganta no podía tragar la cantidad de saliva que su boca generaba y todo su cuerpo estaba bañado por un sudor frío desde las sienes hasta los pies, sin dejar ni un solo poro de su piel sin recorrer.

El tiempo parecía no tener prisa y haberse quedado dormido; los minutos parecían no avanzar, las horas parecían siglos. Permaneció allí despierto y sin comer durante tres días.

Fue al amanecer del cuarto día cuando el agua ya se había retirado lo suficiente como para poder bajar y emprender el camino a casa. Pero en lugar de sentirse más sereno, conforme se acercaba a lo que fue un bosque de hayas, el joven dios se sentía de cada vez más agitado, su corazón latía tan fuerte que sintió que se le reventaban las sienes.

Hizo un alto en el camino convencido de que había llegado el final de sus días. Su corazón no resistía más y la angustia le robaba el oxígeno. Cayó de rodillas en el barro y cuando levanto los ojos hacia el cielo, descubrió entre las ramas de la que fue una inmensa haya la figura de un ser humano.

Sacó todas las fuerzas de su interior y avanzó hasta él. Limpió el barro de su cara y descubrió una mujer que aún vivía. La cogió en sus brazos y anduvo con ella entre aquel lodazal hasta llegar a su casa. Su corazón recobró la vida y la felicidad, pues sabía que esa era la mujer que amaría para siempre.

Allí la desnudó y la metió en su bañera, la limpió cuidadosamente, la secó y la cubrió con una túnica de seda, la metió en su lecho y la tapó, le dio unos vapores para que despertara y la cuidó.

Valloré se había enamorado de aquella mujer mortal que había encontrado en el lodazal y desde ese día no vivió para otra cosa más que para cuidarla y protegerla.

El estado de su amada era muy débil después de aquella terrible avenida. Mientras que se recuperaba empleaban el tiempo en hablar para conocerse.

Cuando ya la mujer se sintió fuerte, decidieron salir a dar un paseo, pero el terror se apodero de ella pues no podía volver a ver aquel río que casi la mata.

Así fue como Valloré decidió buscar otro lugar para vivir con su amada.

Comenzaron su viaje y llegaron al valle de Montoro de Mezquita, donde después de explorarlo decidió que al otro lado de la montaña de la “Peña del Campo” él mismo construiría con sus manos arañando la tierra otro valle, angosto y aislado, franqueado por impenetrables hocinos, para ofrecerle a su amada su nuevo y maravilloso hogar.

Así es como se formó el espectacular valle de Valloré, por el amor de un joven dios a su amada mortal….

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